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|   Jueves 27 Mayo 2010

«Esa madrugada, creí verme agazapada en uno de aquellos polvorientos cruces de caminos. Me pareció que decías 'Yo me quedo. No te olvides de dónde estamos. Y vuelve.'

No estaba especialmente nerviosa ni preocupada, tal vez más por mi terrible aprensión a los olores fuertes y, por el hecho de que, una vez allí no fuera capaz de aguantarlo y terminara vomitando en cualquier sitio. No me agradaba la idea de llegar a ser una carga para mis compañeros en un momento tan delicado.

La noche tampoco era especialmente fría y, sin embargo, estaba invadida por una especie de vigilia hipodérmica que apenas me dejaba respirar. Un temblor sacudía espasmódicamente mi cuerpo como anticipándose a lo que iba a sentir en lo que sería, sin duda, una noche muy larga.

Salté la primera valla sin ningún problema, respiré profundamente y entré. Era una granja de cerdos. Hacía mucho calor dentro y el ambiente me pareció irrespirable. Los cerdos iban apartándose y amontonándose al fondo a medida en que avanzaba por el estrecho pasillo que dividía la nave únicamente iluminada por nuestras linternas y un pequeño foco. Tenían miedo. Me tenían miedo. Esa especie de ronquido sordo que emitían al vernos me atravesaba por dentro como hoja afilada y una terrible sensación de respeto me invadió. No recuerdo haberme sentido tan vacía de pensamiento como entonces, al ser escrutada por esos cientos de ojos expectantes. Saqué la fuerza suficiente para echar a correr y ponerme a la altura de uno de mis compañeros que se encontraba a unos quince metros por delante de mi.

Después de preguntarme cómo estaba, comenzó a explicarme porqué muchos de ellos estaban enfermos y otros tenían un comportamiento estereotipado. Sus palabras, me sonaban lejanas y asépticas, no eran capaces de describir el terror que sentía en ese momento en el que estaba formando parte de sus vidas, no se acercaban a la sensación de vacío que me producía saber que en los días posteriores les recordaría, desde la comodidad y la seguridad de mi vida, sabiendo que ellos seguirían estando ahí.

Al salir fuera noté cómo el aire frío de la noche penetraba en mis pulmones y respiré de nuevo, profundamente.

La idea de que no podía existir una vida peor que aquella se disipó en el preciso instante en el que entramos en la segunda granja.

Había cientos de cucarachas repartidas entre el suelo y las paredes, el olor a amoniaco me pareció francamente indescriptible pero quedó retratado por mi cámara a la perfección como un velo grisáceo salpicado con millones de motas más oscuras, dotando a las fotos de una espectacularidad grotesca y enfermiza.

Visitamos más granjas esa noche. Al saltar la verja de una de ellas me torcí un tobillo, y cuando llegamos a la que fue la última visita de aquella noche, yo decidí quedarme en coche esperando y vigilando que no llegara nadie.

El coche estaba situado en un camino que bordeaba la nave. Desde donde yo estaba podía seguir el avance de mis compañeros. Veía la luz de sus linternas infiltrarse por los pequeños huecos situados en la parte superior de esta. Desde donde yo estaba, pude oír por última vez aquel ronquido sordo de terror. Y a solas, lloré como una niña.»

Vive Vegano
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